Mi experiencia en la primera línea de batalla contra la COVID-19

Por el Dr. Devapriya Dev, socio del Club Rotario de Bramhall & Woodford, zona metropolitana de Manchester (Reino Unido)

Nota: este artículo fue originalmente publicado en inglés el 12 de junio de 2020.

Trabajo a tiempo completo como médico consultor pulmonar en el Princess Royal Hospital en Telford (Inglaterra), y soy rotario desde hace casi 15 años.

Desde el 20 de marzo, soy responsable de una nueva sala COVID-19 en mi hospital. Junto con un colega, me pusieron a cargo de 30 pacientes. Al principio, dudé, pero pronto comencé a disfrutar de mi nueva labor en la que me acompañaban médicos y enfermeras jóvenes que también se encontraron de repente en la primera línea de la pandemia.

La primera semana fue un desafío, ya que no disponíamos de equipos de protección personal adecuados y tenía tres pacientes con COVID-19. Pudimos cubrir las necesidades básicas con delantales de plástico, mascarillas quirúrgicas ordinarias y guantes. Más tarde, tuvimos acceso a mascarillas FFP3 adecuadas, pero debido a su escasez se nos pidió que usáramos mascarillas quirúrgicas que estaban lejos de ser las ideales para protegerse del virus.

Durante la segunda semana, los pacientes con COVID-19 ocuparon veinte camas. Tuve bajo mi cuidado a diez de ellos, de entre 28 y 90 años de edad. Casi el 85% de ellos mostraron síntomas de diversos grados de neumonía. Los pacientes de mayor edad tenían otros problemas médicos y menos capacidad para soportar los efectos de la neumonía. A ellos les llevó más tiempo recuperarse y, lamentablemente, una persona falleció. Otro paciente inmunodeprimido tuvo que ser trasladado a la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) ya que su neumonía empeoró, entró en fallo respiratorio y finalmente falleció.

Fue una semana complicada y más aún porque teníamos que tranquilizar a familias preocupadas en medio de todas estas restricciones y medidas de distanciamiento físico. También estábamos bajo presión ya que dos de nuestros seis consultores respiratorios hubieron de permanecer aislados en sus domicilios porque sus hijos o cónyuges mostraban síntomas de COVID-19.

Durante la tercera semana, el número de pacientes con COVID-19 aumentó a 26 y hubimos de habilitar otra sala. El número total de casos en ese momento era de 50. Anticipando el pico del virus, se hicieron provisiones para contar con suficientes camas, equipos de protección personal, respiradores y espacio en la morgue. Tuvimos que cancelar todas nuestras citas regulares en la clínica y comenzamos a realizar consultas telefónicas diarias.

La situación estaba empeorando. Un caso especialmente triste es el de un joven sano de 35 años que fue admitido con un caso repentino de falta de aliento, fiebre y tos. Tenía síntomas de neumonía en ambos pulmones y su capacidad de oxígeno estaba disminuyendo a pesar del flujo proporcionado por un respirador. En un día, su estado empeoró y, al necesitar más oxígeno, fue trasladado a la UCI donde tristemente falleció a pesar de todos nuestros esfuerzos. La mayor tragedia para los pacientes que mueren en la UCI es que sus seres queridos a menudo no tienen la oportunidad de verlos durante sus últimas horas.

Ahora, casi 10 semanas después, las cosas se están calmando. Tanto el número de pacientes de COVID-19 como el número de fallecimientos disminuye lentamente. A medida que más personas se someten a las pruebas, sus contactos son rastreados y se extreman las medidas de distanciamiento social y las órdenes de confinamiento, parece que estamos en camino para “volver a la normalidad”.

Durante todo este tiempo permanecí en contacto con mis amigos de Rotary y traté de asistir a algunas de las reuniones en Zoom desde el hospital. En una de ellas, fui invitado a servir como orador y hablé sobre mi experiencia durante esta pandemia. Los socios e invitados me plantearon muchas preguntas relacionadas con la COVID-19. Sin duda fue una reunión informativa para todos los participantes. Además, mi club ha recaudado fondos para organizaciones benéficas, organizando subastas y otras actividades virtuales. Ahora estamos tratando de encontrar formas innovadoras de recaudar fondos a distancia ya que nuestras actividades regulares han sido pospuestas o canceladas.

Me conmovió el aprecio y la gratitud expresados por mis amigos, vecinos y conocidos por mis servicios y por ponerme en riesgo cuando todos los demás permanecían aislados en sus domicilios. Me emocionó especialmente algo que sucedió un día que salía de mi casa a las 6:15 para ir al hospital. Al cerrar la puerta escuché los aplausos de mis vecinos que se habían levantado a las 6 para mostrarme su agradecimiento. Su gesto me hizo llorar.

Si bien es mi deber y juré atender a mis pacientes y aliviar su sufrimiento, nosotros, como trabajadores de la salud, nunca predijimos que arriesgaríamos nuestras vidas de esta manera. Estos pequeños gestos marcan la diferencia y me hacen sentir que vale la pena correr estos riesgos. Espero que esto, junto con el principio de “servir a la humanidad” que adquirí gracias a mis modestos orígenes y el lema rotario de “Dar de sí antes de pensar en sí”, me den fuerza para seguir afrontando este futuro incierto.

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