Lecciones sobre inclusión de personas con discapacidades: ¿Lo toma con azúcar?

Nota del editor: Jeremy Opperman es miembro del Grupo de Trabajo sobre Diversidad, Equidad e Inclusión de Rotary y colabora habitualmente con este blog sobre temas relacionados con la inclusión de personas con discapacidades.

Por Jeremy Opperman, socio del Club Rotario de Newlands, Ciudad del Cabo (Sudáfrica)

Acababa de teclear el número de mi pin en el lector de tarjetas de la caja del supermercado, cuando la cajera se dirigió a mi amiga y le preguntó: “¿cómo sabe él qué botones tiene que pulsar?”.

Como estoy completamente acostumbrado a este tipo de cosas, observé con interés la reacción de mi amiga. Es curioso que, cuando se encuentran con una persona discapacitada, mucha gente suele dirigirse a su acompañante en lugar de dirigirse a nosotros directamente.

Como esperaba, mi amiga, que es una persona sensata y con mundo, respondió perfectamente. Sonrió (con los ojos, ya que su mascarilla ocultaba su verdadera expresión facial) y dijo: “Por qué no le preguntas a él, que está delante de ti”.

He de reconocer que ella hizo exactamente eso, aunque después de dudar unos instantes.

Yo, le expliqué entusiasmado el aparente misterio de cómo una persona ciega puede teclear su pin en un lector de tarjetas. A la cajera le fascinó especialmente descubrir que todos los teclados tienen un punto en relieve en el botón correspondiente al número 5, lo que nos permite saber dónde están los demás números del teclado.

Sonreí porque sé que este elemento de accesibilidad, omnipresente en todos los teclados e incluso en los teléfonos, es universalmente desconocido por la mayoría de las personas que utilizan estos dispositivos a diario.

Del mismo modo, la mayoría de la gente se sorprende cuando se entera de que las teclas F y J de todos los teclados cuentan con una marca similar, lo que permite a los discapacitados visuales saber en qué lugar del teclado se encuentran.

Muchas personas evitan comunicarse con personas con discapacidades en situaciones cotidianas, casi como si temieran esa interacción. Es tan común que los discapacitados tenemos un nombre para ello:

¿Lo toma con azúcar?

Sin embargo, la lección de esta historia no es solo para las personas que practican este extraño hábito de dirigirse a nuestros colegas en lugar de a nosotros, sino también para aquellos a los que estas personas se dirigen como si fueran nuestros apoderados, ya que las respuestas bruscas y groseras no ayudan a resolver este tipo de situaciones e ignorar estos comentarios es igual de malo.

Mi amiga tuvo la mejor respuesta: “Por qué no le preguntas a él, que está delante de ti”.

También es demasiado frecuente que una persona discapacitada no acompañada pase totalmente desapercibida, a menudo de forma muy flagrante, incluso por el personal de servicio. Esto le ocurre con bastante frecuencia a las personas que utilizan una silla de ruedas y es un fenómeno bien investigado y documentado. Es como si su reducida estatura les convirtiera en un bebé a los ojos del observador. Ocurre en los lugares de trabajo y entre los amigos, en todo tipo de situaciones en las que las aportaciones de esa persona habrían sido bastante útiles.

Lo que me recuerda lo que sucedió una vez, no hace mucho, cuando me reuní con un grupo de amigos en casa de uno de ellos para asistir juntos a una reunión de Zoom en la que todos compartíamos una computadora portátil.

De repente, la casa se quedó a oscuras.

Mientras buscaban una batería alternativa, se produjo un alboroto tremendo cuando al menos tres personas se apresuraron a instalar en la computadora portátil cables de alimentación, altavoces externos y un micrófono, todo ello en total oscuridad. Hubo momentos de bastante tensión mientras discutían sobre qué puerto y qué toma debían utilizar para cada dispositivo externo.

A ninguno de ellos se le ocurrió pedir a la única persona presente con experiencia incuestionable en este tipo de situaciones que hiciera el trabajo y que, literalmente, podría haberlo hecho con los ojos cerrados.

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